Contar en pocas líneas el desafío que significó en
mi vida la travesía que realicé durante muchos meses,
recorriendo unas 3.000 millas náuticas por la costa de Uruguay
y Brasil, en donde pude vivir un sinfín de anécdotas
y volver cargado de experiencias nuevas, es para mí un nuevo
desafío, del que intentaré salir airoso.
A la edad de 35 años, cuando uno con arrogancia
cree conocerlo todo, descubrí un mundo nuevo e inmenso que se
abría
ante mí: el de la navegación a vela, que me sedujo inmediatamente
hasta la obsesión. Empecé, como todos, compartiendo jornadas
náuticas en la embarcación de un amigo, el Canflu.
Pronto comprendí que, así como se dice “el casado,
casa quiere”, el navegante necesita tener su propio barco.
Mi
primer velero fue el Hechicero, un modesto
H-20 con el que recorrí incesantemente el río Paraná,
hasta no dejar un sitio sin conocer entre Santa Fe y Paraná hasta
su desembocadura. Siendo éste un río majestuoso y de
gran atractivo, debo reconocer que navegando una y otra vez entre las
islas pensaba cuándo iba a poder comprar un barco más
acorde para salir al mar.
Mi primera singladura importante fue a Carmelo
(Uruguay), donde fui con unos amigos a los que sin ningún
esfuerzo contagié el
gusto por la navegación, las largas jornadas sobre el agua,
las plácidas noches en medio del río. En cuanto a
conocimientos náuticos, el que más sabía era
yo, que no sabía
nada.
Dado que mis tripulantes pasaban el tiempo a bordo
ejerciendo el dolce far niente, aprendí en
ese viaje todo lo que hace a las maniobras del barco, el manejo
de las cartas, así como el régimen de navegación,
las indicaciones del boyado y los trámites que deben realizarse
en cada puerto. En fin, al regresar me sentía un navegante
consumado, y mi sed de mar iba en aumento .Sólo me faltaba
la acreditación
correspondiente , la que adquirí realizando un curso de
Patrón
de Yate en el Club de Velas de Rosario.
Gracias a la buena fortuna pude
encontrarme con el Agresivo,
un Alpha 25 construido en 1977, de buen dibujo y muy sólido.
En nuevos recorridos por el Paraná pasé algunos Pamperitos
y el velero se comportaba muy bien con poco trapo, cuando soplaba
mucho.
Los
primeros escarceos más allá de nuestro río
fueron a Colonia del Sacramento y luego a La Paloma (Uruguay), de nuevo
con el grupo de amigos que favorecía mi aprendizaje. Una vez
que tuve la suficiente confianza en la embarcación y en mí mismo,
con el barco me largué a Río Grande (Brasil) acompañado
por dos amigos.
De regreso de este viaje, en el que tuve ocasión
de tomarle el pulso a la mar y de salir airoso de varias situaciones
difíciles,
me dispuse a prepararme para emprender una travesía más
larga.
Tenía la intención de navegar en solitario,
sin limitaciones de tiempo y con un rumbo no precisamente definido.
En primer lugar, yo debía estar preparado física y anímicamente;
además debía verificar que el Agresivo estuviera
en condiciones de emprender un largo viaje. Me tomé un año
para preparar el barco.
Un experto en la materia, casi podríamos
decir un médico
y psicólogo de barcos, el negro Keli Arce, lo revisó con
detenimiento ante mi mirada expectante. El diagnóstico fue favorable,
el barco se encontraba apto, en cuerpo y alma, para hacerse a la mar.
Es más, se le notaba cierta inquietud por partir cuanto
antes.
Sólo
se pintaron las bandas y el fondo, se reforzó la
pala del timón y por precaución se cambiaron los obenques,
estay y guardamancebo. Contaba con compás, GPS de mano, radio
VHF, ecosonda, piloto automático, un tanque de 50 litros de
agua, dos baterías, un motor fuera de borda de 9.9 HP y
un tanque de 38 litros para la nafta.
Con el velero listo sólo faltaba planificar
el derrotero y los víveres que iba a llevar. Decidí navegar
hacia las costas de Brasil, con rumbo Norte, sin definir por el momento
el punto al que pretendía llegar. El mar, las condiciones meteorológicas,
es decir, los elementos, serían los que decidirían mi
destino, cosa que desde Rosario a La Paloma no traía ningún
inconveniente dada la cantidad de lugares que hay para recalar.
En principio
una premisa importante era no usar el motorcito, por dos razones:
primero, el costo y almacenamiento de la nafta; segundo, por que
no quería.
La comida debía ser suficiente para diez o quince días
(no más que eso pasaría sin tocar tierra), y no tenía
que conservarse en frío, ya que el barco no tiene heladera.
La
lista de víveres incluía: latas, galletitas, queso,
arroz, cebollas, papas, legumbres, fideos, bondiola, huevos, harina
de maíz, limones, dulce, miel y algo de alcohol. Las cartas
de navegación indispensables para la partida fueron
recibidas de regalo o fotocopiadas y las que faltaban se iban a conseguir
en algún puerto a través del intercambio con otros
navegantes.
Todos los días iba a pasar un rato al Agresivo,
a tomar unos mates, a hacer alguna tarea de mantenimiento, en fin,
a estar en el barco, una necesidad que crecía sin parar. Los
crujidos de su casco parecían demandarme: -Vamos, no aguanto
más.
Un tripulante se ofreció a acompañarme en el primer tramo:
Mariano Dignani. Su experiencia náutica nula se equilibraba
con su inmensa voluntad y disposición. Con él completamos
la etapa de preparativos que se nos pasó volando. Y, como todo
llega en esta vida, llegó el día de la partida.
El 13
de febrero del 2003 zarpamos de Náutica Río ubicada
en el arroyo Ludueña, con viento suave del S SW. En tres días
llegamos a Colonia (ROU) donde tuvimos que esperar el paso de un frente
de tormenta, pronosticaban vientos de F8 y el puerto estaba cerrado.
Apenas amainada la tormenta, con la cola del Pampero dejamos Colonia
con destino a La Paloma, pero a la altura de Piriápolis otro
frente nos obligó a entrar a puerto y nos retuvo por cuatro
días.
La Prefectura de Uruguay no nos permitía proseguir por
el mal tiempo, pero para nosotros era el viento ideal, del cuadrante
S SW , que nos llevaría de un tirón a La Paloma. Para
obtener el permiso de salida, mi vi obligado a firmar un acta ante
estas autoridades, donde asumía la plena responsabilidad de
lo que pudiera acontecerle tanto a la embarcación como a sus
tripulantes. Me resultó curioso este trámite, ya que
en todo momento el capitán es el responsable de su embarcación,
y si bien agradece la preocupación por parte de Prefectura,
sabe que el desafío se establece siempre entre uno y la mar,
y como único testigo el cielo.
En dieciocho horas estuvimos en La Paloma, donde
esperamos viento favorable para continuar a Río Grande. Para
esto necesitábamos
al menos dos días de viento S SW por lo que chequeábamos
a la vez el pronóstico de la Prefectura y el de Boyweather por
Internet, entre los que era tan difícil encontrar coincidencias
como entre los horóscopos de dos diarios diferentes.
Finalmente
las condiciones mejoraron y, con todo a nuestro favor, el 27 de
febrero pusimos rumbo a Brasil. Como ocurre muchas veces, el pronóstico
resultó ser muy diferente de la realidad.
Más allá de algunas tormentas aisladas que no duraron
en total más de unas horas, el resto del tiempo se estiró en
largos períodos de calma total y lo que tendríamos que
haber recorrido en 48 a 50 horas se realizó en cuatro
días. Como dato que me enorgullece, debo decir que ésta
fue la primera manga que realizamos enteramente a vela, incluidas
las maniobras de zarpada y amarre.
Sorteando gran cantidad de pequeños barcos pesqueros
muy atareados, a las tres de la mañana avistamos las farolas
de la escollera de Río Grande do Sul. Nuestra ansiedad por arribar
fue demorada durante seis horas, a la espera del cambio de marea, ya
que sólo
cuando ésta sube la intensidad de la corriente disminuye lo
suficiente como para permitir la entrada al club, que está a
unas doce millas.
Con corriente en contra esta maniobra se hace imposible,
dado que ésta es de cuatro a siete nudos a causa del desagüe
de la gran Laguna de los Patos. Además, recomiendo tener mucho
cuidado con los barcos pesqueros; éstos no cambian su rumbo
por ningún motivo y si uno no los evita lo pasan por arriba
o lo atrapan en sus redes.
El Yate Club de Río Grande es un lugar
de cruce y encuentro de navegantes a vela de diversas partes del mundo,
que realizan el derrotero por el Atlántico Sur. Allí nos
relacionamos con gente de Holanda, Francia, Alemania, además
de varios compatriotas. Es la costumbre intercambiar cartas y experiencias
entre los que llevan rumbo al sur y los que suben, como lo hacíamos
nosotros.
El 2 de abril salimos del club con rumbo a Florianópolis
con viento SW, o sea el ideal. A la altura de Tramandai, luego de haber
recorrido más de cien millas, el viento rotó sucesivamente
al N, NE y E soplando con mucha intensidad, con fuertes chubascos
y olas de cinco a seis metros. Ante la imposibilidad de encontrar un
lugar de recalada, nos vimos obligados a retornar a Río
Grande.
En
el club nos enteramos de que la tormenta había sido fuerza
8, con vientos de 45 nudos y aún más. Ahora tenia en
claro que el barco soportaba con naturalidad las condiciones más
desfavorables y quedó desenmascarado el principal enemigo: la
ansiedad. Ésta nos lleva a pretender navegar cuando no están
dadas las condiciones, como cuando vientos muy fuertes nos acometen
de trompa, exponiéndonos a peligros innecesarios y sin avanzar
un ápice. Solo hay que olvidarse de los relojes. El gran
aliado del navegante es el tiempo, no para devorarlo a toda costa,
sino para dejarlo transcurrir sin desesperar hasta que lleguen
los vientos deseados.
Una vez más, con todo a favor, volvimos a salir
con rumbo a Laguna que dista unas 250 millas al norte. Recordemos que
nos hallamos a la altura del Trópico de Cáncer, región
caprichosa, de vientos variables y tormentas repentinas que hasta el
más
avezado pronosticador es incapaz de predecir. Esto se debe al encuentro
de los vientos cálidos que soplan del norte y los fríos
del sur.
Esta zona se extiende desde el Chui hasta el cabo
de Santa Marta. Es cuestión de largarse, teniendo presente que entre
Río Grande y Floripa las posibilidades de recalada son solamente
en el puerto de Laguna (al que no se puede arribar con tormenta, sólo
con buen clima) o el buen puerto de la ciudad de Imbituba, al que se
puede ingresar con cualquier condición climática. ¿Qué hacer
entonces si nos toma una tormenta aguas afuera? Rezar y capear.
En cuatro días estuvimos en Laguna, amarramos en el club para
aprovisionarnos y esperar el frente frío para subir hasta Florianópolis,
mientras admirábamos la belleza del lugar. El 9 de mayo a las
21:30 zarpamos con rumbo a Floripa ,viento S SW. A la tarde del
día siguiente estábamos pasando el canal sur de la isla
de Santa Catarina (llamado “canal de los náufragos”).
Sabíamos que desde ahí ya todo se simplificaría:
el viento y las olas son más leves y el clima es uno de los
más agradables.
Llegado a Florianópolis me enfrentaba a una
nueva etapa de mi viaje, ya que era mi intención continuar en
solitario. Mi compañero Mariano se despidió dispuesto
a probar fortuna trabajando en tierra. Yo me dediqué a preparar
el barco sin apuro. Debía abastecerlo con suficiente agua y
provisiones, quizás más de lo necesario ante la agitación
de viajar solo y evitar encontrarme con situaciones imprevistas.
La
próxima pierna fue Florianópolis - Porto Belo, que
según me anunciaban es un lugar muy bello y seguro para fondear
en la Baia de Caxia D`Aço. La calma era tal que sólo
me permitía navegar con motor con una corriente en contra de
un nudo. A la altura de Bombas entró un frente frío con
vientos intensos que me obligó a detenerme en la Baia de Bombas
al caer la noche, esto fué a las 18:30 aproximadamente.
Al amanecer (que en esas latitudes despunta a
eso de las 05:30) retomé la
marcha llegando antes del medodía a Caxia D`Aço. Este
es un bellísimo pueblo de açorianos (éstos son
los primeros colonos de esta zona, que vinieron de las Islas Azores)
en el que fui recibido muy amistosamente. Allí me reencontré con
Raúl y Débora, del Mare Nostrum,
un barco de bandera argentina, de ciento cinco años. Esperé con
ellos el frente frío y salí con mi propio pronóstico
(ya que no había a quien consultar) para Ilhabela, unas
350 millas al norte.
De aquí hacia el Norte las condiciones del mar
cambian notablemente. Las olas son más pequeñas (no más
de dos metros) y los vientos son firmes. Esto se traduce en una navegación
más cómoda. A esta altura ya estaba totalmente hermanado
con el Agresivo, al punto que sus velas,
su casco, sus palos los sentía como extensiones de mi propio
cuerpo.
El temor de navegar en solitario había desaparecido,
no sólo eso, sentía que cualquier presencia a bordo hubiera
resultado una molestia. Mis tripulantes eran el piloto automático,
el GPS y la brújula, con quienes mantenía largas charlas
no sólo sobre sus funciones específicas, sino principalmente
sobre problemas existenciales y filosofía en general. Estos
son unos muy fieles interlocutores y tienen la delicadeza de nunca
contradecirme.
El 28 de agosto, con viento S SW, puse rumbo
a Ilhabela contando con la posibilidad de entrar en varios puertos
si hiciera mal tiempo (Camboriu, Itajai, San Francisco, Paranagua,
Ilha de Bom Abrigo y Santos). Navegué a
buen ritmo 130 millas hasta Ilha de Bom Abrigo donde, junto a otros
barcos pesqueros y al reparo de los morros, fondeé para almorzar
y dormir una siestita. Sin embargo, como el viento seguía S
SW, sin demoras decidí recorrer las 160 millas que me faltaban
como parte de la misma manga.
A la mañana del 31, estando próximo a
la entrada del canal San Sebastiáo, comienzóa caer una
lluvia fina, a modo de cortina. Ésta, sumada a la neblina, no
me permitió divisar
los morros de entrada (aclaremos que éstos tienen una altura
de 1300 mts.). De modo que mantuve mi posición y, con la ayuda
de la suerte, al rato una leve brisa que despejó algo me permitió ver
la punta de los morros y un buque petrolero de unos 300 metros que
salía hacia mar abierto pasando peligrosamente muy cerca
de mi barco, con la indiferencia de un mastodonte ante una hormiga.
Estaba
en buen rumbo. Entré por el canal y a media mañana amarré al
borneo, provisoriamente, en el Iate Clube Pindá. Había
pasado más de tres días navegando sin interrupciones,
de manera que no dormía, simplemente por un lapso de tiempo
indeterminado desparecí completamente de este universo.
Al otro día me trasladé al Iate Clube
de Ilhabela donde, con más comodidad, esperé durante
cuatro días
el pronóstico para llegar hasta Paraty. Mi paciencia se había
templado, disfrutaba cada instante indefinido, contemplando el
giro del sol sobre mi cabeza.
Al cabo de cuatro días retomé la
marcha. Vientos de 15 a 20 nudos me empujaban hasta las puertas de
la Baia de Ilha Grande cuando amanecía con un sol radiante.
Era la primera vez en toda la travesía que me saludaba el astro
rey tan temprano, lo común
es que la niebla impere hasta bien entrada la mañana. No lamenté que
haya una calma total, estaba a gusto en la soledad de mi casa flotante,
nada me apuraba aunque solo faltaban 15 millas. Al día siguiente
superé Punta de Juatinga a las 16 hs.
Recalé en una aldea de pescadores donde me permitieron amarrarme
a una poita (boya) para pasar la noche.
Volvió a amanecer con sol radiante, pareciendo
que los dioses querían darme una bienvenida a toda orquesta.
Pilotear por esas latitudes es la meca de todos los navegantes
y el Agresivo estaba
ahí con su proa hendiendo las aguas de esmeralda. Recorrer la
bahía, con sus 356 islas, es un placer de otro mundo, se podría
creer que estamos en una sucursal del edén, su belleza es
indescriptible.
Fondeé en
punta de Cantagalo donde hay agua potable y una playita muy atractiva
frente a la ciudad de Paraty Esto parece una isla de piratas, barcos
franceses, alemanes, suizos, belgas, australianos, ingleses, brasileros,
gente con los más diversos atuendos e
idiomas. Recuperé la emoción que relataba mi nono al
encontrar en un sitio extraño a un paisano, mi amigo argentino
Ricardo y su barco Lucero. Escoltándonos
mutuamente, recorrimos sin apuro Ilha Grande, Abrao,
Sitio Forte, Saco do Cel. En este último lugar según
los brasileros se encuentra el único cementerio de piratas
del mundo.
Parece que un paisano atrae a otro, con mucha alegría
recibí la
imprevista visita de otro amigo, Oski, que llegó desde Rosario
para compartir las travesías durante una semana. Con él
visitamos Ilha Sandri (que lleva mi apellido materno), Ilha do Cedro,
Paraty Mini y Baia da Cotia
Con saudades por dejar a toda la gente
con la que a esta altura ya éramos amigos, los lugares tan
bonitos y ese clima tan benigno, tuve que emprender la vuelta. Preparé el
barco en una marina que amablemente me ofreció un compatriota
instalado en Paraty desde hace ocho años. Agua, comida,
cartas, aseo personal y del Agresivo y un
poco de nafta, sólo un poco.
La idea era desandar el mismo
camino que hiciera para llegar, con la diferencia que en este caso
el viento soplaría mayormente del
cuadrante N NE, lo que facilitaba mucho la navegación. Rápidamente
pasaron frente a mí Ilhabela, Porto Belo, Florianópolis.
En este ultimo puerto esperé ansioso la llegada de dos amigos,
Nano y Miguel, que quisieron acompañarme en la pierna que para
mí era la mas difícil: Floripa – La Paloma.
Por
esos días se rompió un sector del puente que une
el continente con la isla de Santa Catarina, por ese motivo no se permitía
navegar por debajo del mismo. Esto me obligó a permanecer en
una marina privada y, una vez llegados mis amigos, a tener que salir
por el canal norte. Esto significó rodear toda la isla y, naturalmente,
más horas de navegación, más hermosas horas de
amistad y navegación.
Durante tres días sopló viento del S
SE con intensidades de hasta 120 km/h. Esto me retuvo en puerto, pero
a la vez me dió la
esperanza de que se cumpliese el viejo adagio marino que indica que
después del sur tan fuerte tiene que venir un
norte duradero y constante.
Y así fue, con los dioses y el viento de
nuestra parte zarpamos con rumbo a La Paloma y, cosa de no creer,
ya que es muy inusual, se mantuvo durante los cinco días
que duró la
travesía,
con un promedio de aproximadamente 6 nudos.
Como en el
final de una película, en el que las escenas se suceden
vertiginosamente, en octubre estuve de regreso en Rosario, aunque
diría
que el que llegó no era el mismo que partió. Era
alguien más tranquilo, quizás más sabio y,
por supuesto, más viejo.
He pretendido hacer una muy apretada síntesis de un viaje de
maravillas que se prolongó durante nueve meses. Mi intención
ha sido indicar los sitios de interés, las probables dificultades,
cómo sortearlas y contagiar un poco a mis lectores el sabor
salado y libre de la mar. Los increíbles personajes que conocí,
las curiosidades de cada lugar en que recalé, las descripciones
de sus bellezas y algunas cosas más, que han quedado en el tintero,
serán motivo de posteriores artículos.