Alpheros - Agresivo

Novedad: relato del viaje al rio Negro en el verano del 2008

 

Las andanzas del "Agresivo"
Relato de una travesía.

Fernando Méndez (capitán) - Carlos Coca (redacción)
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Contar en pocas líneas el desafío que significó en mi vida la travesía que realicé durante muchos meses, recorriendo unas 3.000 millas náuticas por la costa de Uruguay y Brasil, en donde pude vivir un sinfín de anécdotas y volver cargado de experiencias nuevas, es para mí un nuevo desafío, del que intentaré salir airoso.

A la edad de 35 años, cuando uno con arrogancia cree conocerlo todo, descubrí un mundo nuevo e inmenso que se abría ante mí: el de la navegación a vela, que me sedujo inmediatamente hasta la obsesión. Empecé, como todos, compartiendo jornadas náuticas en la embarcación de un amigo, el Canflu. Pronto comprendí que, así como se dice “el casado, casa quiere”, el navegante necesita tener su propio barco.

Mi primer velero fue el Hechicero, un modesto H-20 con el que recorrí incesantemente el río Paraná, hasta no dejar un sitio sin conocer entre Santa Fe y Paraná hasta su desembocadura. Siendo éste un río majestuoso y de gran atractivo, debo reconocer que navegando una y otra vez entre las islas pensaba cuándo iba a poder comprar un barco más acorde para salir al mar.

Mi primera singladura importante fue a Carmelo (Uruguay), donde fui con unos amigos a los que sin ningún esfuerzo contagié el gusto por la navegación, las largas jornadas sobre el agua, las plácidas noches en medio del río. En cuanto a conocimientos náuticos, el que más sabía era yo, que no sabía nada.

Dado que mis tripulantes pasaban el tiempo a bordo ejerciendo el dolce far niente, aprendí en ese viaje todo lo que hace a las maniobras del barco, el manejo de las cartas, así como el régimen de navegación, las indicaciones del boyado y los trámites que deben realizarse en cada puerto. En fin, al regresar me sentía un navegante consumado, y mi sed de mar iba en aumento .Sólo me faltaba la acreditación correspondiente , la que adquirí realizando un curso de Patrón de Yate en el Club de Velas de Rosario.

Gracias a la buena fortuna pude encontrarme con el Agresivo, un Alpha 25 construido en 1977, de buen dibujo y muy sólido. En nuevos recorridos por el Paraná pasé algunos Pamperitos y el velero se comportaba muy bien con poco trapo, cuando soplaba mucho.

Los primeros escarceos más allá de nuestro río fueron a Colonia del Sacramento y luego a La Paloma (Uruguay), de nuevo con el grupo de amigos que favorecía mi aprendizaje. Una vez que tuve la suficiente confianza en la embarcación y en mí mismo, con el barco me largué a Río Grande (Brasil) acompañado por dos amigos.

De regreso de este viaje, en el que tuve ocasión de tomarle el pulso a la mar y de salir airoso de varias situaciones difíciles, me dispuse a prepararme para emprender una travesía más larga.

Tenía la intención de navegar en solitario, sin limitaciones de tiempo y con un rumbo no precisamente definido. En primer lugar, yo debía estar preparado física y anímicamente; además debía verificar que el Agresivo estuviera en condiciones de emprender un largo viaje. Me tomé un año para preparar el barco.

Un experto en la materia, casi podríamos decir un médico y psicólogo de barcos, el negro Keli Arce, lo revisó con detenimiento ante mi mirada expectante. El diagnóstico fue favorable, el barco se encontraba apto, en cuerpo y alma, para hacerse a la mar. Es más, se le notaba cierta inquietud por partir cuanto antes.

Sólo se pintaron las bandas y el fondo, se reforzó la pala del timón y por precaución se cambiaron los obenques, estay y guardamancebo. Contaba con compás, GPS de mano, radio VHF, ecosonda, piloto automático, un tanque de 50 litros de agua, dos baterías, un motor fuera de borda de 9.9 HP y un tanque de 38 litros para la nafta.

Con el velero listo sólo faltaba planificar el derrotero y los víveres que iba a llevar. Decidí navegar hacia las costas de Brasil, con rumbo Norte, sin definir por el momento el punto al que pretendía llegar. El mar, las condiciones meteorológicas, es decir, los elementos, serían los que decidirían mi destino, cosa que desde Rosario a La Paloma no traía ningún inconveniente dada la cantidad de lugares que hay para recalar.

En principio una premisa importante era no usar el motorcito, por dos razones: primero, el costo y almacenamiento de la nafta; segundo, por que no quería. La comida debía ser suficiente para diez o quince días (no más que eso pasaría sin tocar tierra), y no tenía que conservarse en frío, ya que el barco no tiene  heladera.

La lista de víveres incluía: latas, galletitas, queso, arroz, cebollas, papas, legumbres, fideos, bondiola, huevos, harina de maíz, limones, dulce, miel y algo de alcohol. Las cartas de navegación indispensables para la partida fueron recibidas de regalo o fotocopiadas y las que faltaban se iban a conseguir en algún puerto a través del intercambio con otros navegantes.

Todos los días iba a pasar un rato al Agresivo, a tomar unos mates, a hacer alguna tarea de mantenimiento, en fin, a estar en el barco, una necesidad que crecía sin parar. Los crujidos de su casco parecían demandarme: -Vamos, no aguanto más.
Un tripulante se ofreció a acompañarme en el primer tramo: Mariano Dignani. Su experiencia náutica nula se equilibraba con su inmensa voluntad y disposición. Con él completamos la etapa de preparativos que se nos pasó volando. Y, como todo llega en esta vida, llegó el día de la partida.

El 13 de febrero del 2003 zarpamos de Náutica Río ubicada en el arroyo Ludueña, con viento suave del S SW. En tres días llegamos a Colonia (ROU) donde tuvimos que esperar el paso de un frente de tormenta, pronosticaban vientos de F8 y el puerto estaba cerrado. Apenas amainada la tormenta, con la cola del Pampero dejamos Colonia con destino a La Paloma, pero a la altura de Piriápolis otro frente nos obligó a entrar a puerto y nos retuvo por cuatro días.

La Prefectura de Uruguay no nos permitía  proseguir por el mal tiempo, pero para nosotros era el viento ideal, del cuadrante S SW , que nos llevaría de un tirón a La Paloma. Para obtener el permiso de salida, mi vi obligado a firmar un acta ante estas autoridades, donde asumía la plena responsabilidad de lo que pudiera acontecerle tanto a la embarcación como a sus tripulantes. Me resultó curioso este trámite, ya que en todo momento el capitán es el responsable de su embarcación, y si bien agradece la preocupación por parte de Prefectura, sabe que el desafío se establece siempre entre uno y la mar, y como único testigo el cielo.

En dieciocho horas estuvimos en La Paloma, donde esperamos viento favorable para continuar a Río Grande. Para esto necesitábamos al menos dos días de viento S SW por lo que chequeábamos a la vez el pronóstico de la Prefectura y el de Boyweather  por Internet, entre los que era tan difícil encontrar coincidencias como entre los horóscopos de dos diarios diferentes.

Finalmente las condiciones mejoraron y, con todo a nuestro favor, el 27 de febrero pusimos rumbo a Brasil. Como ocurre muchas veces, el pronóstico resultó ser muy diferente de la realidad. Más allá de algunas tormentas aisladas que no duraron en total más de unas horas, el resto del tiempo se estiró en largos períodos de calma total y lo que tendríamos que haber recorrido en  48 a 50 horas  se realizó en cuatro días. Como dato que me enorgullece, debo decir que ésta fue la primera manga que realizamos enteramente a vela, incluidas las maniobras de zarpada y amarre.

Sorteando gran cantidad de pequeños barcos pesqueros muy atareados, a las tres de la mañana avistamos las farolas de la escollera de Río Grande do Sul. Nuestra ansiedad por arribar fue demorada durante seis horas, a la espera del cambio de marea, ya que sólo cuando ésta sube la intensidad de la corriente disminuye lo suficiente como para permitir la entrada al club, que está a unas doce millas.

Con corriente en contra esta maniobra se hace imposible, dado que ésta es de cuatro a siete nudos a causa del desagüe de la gran Laguna de los Patos. Además, recomiendo tener mucho cuidado con los barcos pesqueros; éstos no cambian su rumbo por ningún motivo y si uno no los evita lo pasan por arriba o lo atrapan en sus redes.

El Yate Club de Río Grande es un lugar de cruce y encuentro de navegantes a vela de diversas partes del mundo, que realizan el derrotero por el Atlántico Sur. Allí nos relacionamos con gente de Holanda, Francia, Alemania, además de varios compatriotas. Es la costumbre intercambiar cartas y experiencias entre los que llevan rumbo al sur y los que suben, como lo hacíamos nosotros.

El 2 de abril salimos del club con rumbo a Florianópolis con viento SW, o sea el ideal. A la altura de Tramandai, luego de haber recorrido más de cien millas, el viento rotó sucesivamente al N, NE y E soplando con  mucha intensidad, con fuertes chubascos y olas de cinco a seis metros. Ante la imposibilidad de encontrar un lugar de recalada, nos vimos obligados a retornar a Río Grande.

En el club nos enteramos de que la tormenta había sido fuerza 8, con vientos de 45 nudos y aún más. Ahora tenia en claro que el barco soportaba con naturalidad las condiciones más desfavorables y quedó desenmascarado el principal enemigo: la ansiedad. Ésta nos lleva a pretender navegar cuando no están dadas las condiciones, como cuando vientos muy fuertes nos acometen de trompa, exponiéndonos a peligros innecesarios y sin avanzar un ápice. Solo hay que olvidarse de los relojes. El gran aliado del navegante es el tiempo, no para devorarlo a toda costa, sino para dejarlo transcurrir sin desesperar hasta que lleguen los vientos deseados.

Una vez más, con todo a favor, volvimos a salir con rumbo a Laguna que dista unas 250 millas al norte. Recordemos que nos hallamos a la altura del Trópico de Cáncer, región caprichosa, de vientos variables y tormentas repentinas que hasta el más avezado pronosticador es incapaz de predecir. Esto se debe al encuentro de los vientos cálidos que soplan del norte y los fríos del sur.

Esta zona se extiende desde el Chui hasta el cabo de Santa Marta. Es cuestión de largarse, teniendo presente que entre Río Grande y Floripa las posibilidades de recalada son  solamente en el puerto de Laguna (al que no se puede arribar con tormenta, sólo con buen clima) o el buen puerto de la ciudad de Imbituba, al que se puede ingresar con cualquier condición climática. ¿Qué hacer entonces si nos toma una tormenta aguas afuera? Rezar y capear.

En cuatro días estuvimos en Laguna, amarramos en el club para aprovisionarnos y esperar el frente frío para subir hasta Florianópolis, mientras admirábamos la belleza del lugar. El 9 de mayo a las 21:30 zarpamos con rumbo a Floripa  ,viento S SW. A la tarde del día siguiente estábamos pasando el canal sur de la isla de Santa Catarina (llamado “canal de los náufragos”). Sabíamos que desde ahí ya todo se simplificaría: el viento y las olas son más leves y el clima es uno de los más agradables.

Llegado a Florianópolis me enfrentaba a una nueva etapa de mi viaje, ya que era mi intención continuar en solitario. Mi compañero Mariano se despidió dispuesto a probar fortuna trabajando en tierra. Yo me dediqué a preparar el barco sin apuro. Debía abastecerlo con suficiente agua y provisiones, quizás más de lo necesario ante la agitación de viajar  solo y evitar encontrarme con situaciones imprevistas.

La próxima pierna fue Florianópolis - Porto Belo, que según me anunciaban es un lugar muy bello y seguro para fondear en la Baia de Caxia D`Aço. La calma era tal que sólo me permitía navegar con motor con una corriente en contra de un nudo. A la altura de Bombas entró un frente frío con vientos intensos que me obligó a detenerme en la Baia de Bombas al caer la noche, esto fué a las 18:30 aproximadamente.

Al amanecer (que en esas latitudes despunta a eso de las 05:30) retomé la marcha llegando antes del medodía a Caxia D`Aço. Este es un bellísimo pueblo de açorianos (éstos son los primeros colonos de esta zona, que vinieron de las Islas Azores) en el que fui recibido muy amistosamente. Allí me reencontré con Raúl y Débora, del Mare Nostrum, un barco de  bandera argentina, de ciento cinco años. Esperé con ellos el frente frío y salí con mi propio pronóstico (ya que no había a quien consultar) para Ilhabela, unas 350 millas al norte.

De aquí hacia el Norte las condiciones del mar cambian notablemente. Las olas son más pequeñas (no más de dos metros) y los vientos son firmes. Esto se traduce en una navegación más cómoda. A esta altura ya estaba totalmente hermanado con el Agresivo, al punto que sus velas, su casco, sus palos los sentía como extensiones de mi propio cuerpo.

El temor de navegar en solitario había desaparecido, no sólo eso, sentía que cualquier presencia a bordo hubiera resultado una molestia. Mis tripulantes eran el piloto automático, el GPS y la brújula, con quienes mantenía largas charlas no sólo sobre sus funciones específicas, sino principalmente sobre problemas existenciales y filosofía en general. Estos son unos muy fieles interlocutores y tienen la delicadeza de nunca contradecirme.

El 28 de agosto, con viento S SW, puse rumbo a Ilhabela contando con la posibilidad de entrar en varios puertos si hiciera mal tiempo (Camboriu, Itajai, San Francisco, Paranagua, Ilha de Bom Abrigo y Santos). Navegué a buen ritmo 130 millas hasta Ilha de Bom Abrigo donde, junto a otros barcos pesqueros y al reparo de los morros, fondeé para almorzar y dormir una siestita. Sin embargo, como el viento seguía S SW, sin demoras decidí recorrer las 160 millas que me faltaban como parte de la misma manga.

A la mañana del 31, estando próximo a la entrada del canal San Sebastiáo, comienzóa caer una lluvia fina, a modo de cortina. Ésta, sumada a la neblina, no me permitió divisar los morros de entrada (aclaremos que éstos tienen una altura de 1300 mts.). De modo que mantuve mi posición y, con la ayuda de la suerte, al rato una leve brisa que despejó algo me permitió ver la punta de los morros y un buque petrolero de unos 300 metros que salía hacia mar abierto pasando peligrosamente muy cerca de mi barco, con la indiferencia de un mastodonte ante una hormiga.

Estaba en buen rumbo. Entré por el canal y a media mañana amarré al borneo, provisoriamente, en el Iate Clube Pindá. Había pasado más de tres días navegando sin interrupciones, de manera que no dormía, simplemente por un lapso de tiempo indeterminado desparecí completamente de este universo.

Al otro día me trasladé al Iate Clube de Ilhabela donde, con más comodidad, esperé durante cuatro días el pronóstico para llegar hasta Paraty. Mi paciencia se había templado, disfrutaba cada instante indefinido, contemplando el giro del sol sobre mi cabeza.

Al cabo de cuatro días retomé la marcha. Vientos de 15 a 20 nudos me empujaban hasta las puertas de la Baia de Ilha Grande cuando amanecía con un sol radiante. Era la primera vez en toda la travesía que me saludaba el astro rey tan temprano, lo común es que la niebla impere hasta bien entrada la mañana. No lamenté que haya una calma total, estaba a gusto en la soledad de mi casa flotante, nada me apuraba aunque solo faltaban 15 millas. Al día siguiente superé Punta de Juatinga a las 16 hs. Recalé en una aldea de pescadores donde me permitieron amarrarme a una poita (boya) para pasar la noche.

Volvió a amanecer con sol radiante, pareciendo que los dioses querían darme una bienvenida a toda orquesta. Pilotear por esas latitudes es la meca de todos los navegantes y el  Agresivo  estaba ahí con su proa hendiendo las aguas de esmeralda. Recorrer la bahía, con sus 356 islas, es un placer de otro mundo, se podría creer que estamos en una sucursal del edén, su belleza es indescriptible.

Fondeé en punta de Cantagalo donde hay agua potable y una playita muy atractiva frente a la ciudad de Paraty Esto parece una isla de piratas, barcos franceses, alemanes, suizos, belgas, australianos, ingleses, brasileros, gente con los más diversos atuendos e idiomas. Recuperé la emoción que relataba mi nono al encontrar en un sitio extraño a un paisano, mi amigo argentino Ricardo y su barco Lucero. Escoltándonos mutuamente, recorrimos sin apuro Ilha Grande, Abrao, Sitio Forte, Saco do Cel. En este último lugar según los brasileros se encuentra el único cementerio de piratas del mundo.

Parece que un paisano atrae a otro, con mucha alegría recibí la imprevista visita de otro amigo, Oski, que llegó desde Rosario para compartir las travesías durante una semana. Con él visitamos Ilha Sandri (que lleva mi apellido materno), Ilha do Cedro, Paraty Mini y  Baia da Cotia

Con saudades por dejar a toda la gente con la que a esta altura ya éramos amigos, los lugares tan bonitos y ese clima tan benigno, tuve que emprender la vuelta. Preparé el barco en una marina que amablemente me ofreció un compatriota instalado en Paraty desde hace ocho años. Agua, comida, cartas, aseo personal y del Agresivo  y un poco de nafta, sólo un poco.

La idea era desandar el mismo camino que hiciera para llegar, con la diferencia que en este caso el viento soplaría mayormente del cuadrante N NE, lo que facilitaba mucho la navegación. Rápidamente pasaron frente a mí Ilhabela, Porto Belo, Florianópolis. En este ultimo puerto esperé ansioso la llegada de dos amigos, Nano y Miguel, que quisieron acompañarme en la pierna que para mí era la mas difícil: Floripa – La Paloma.

Por esos días se rompió un sector del puente que une el continente con la isla de Santa Catarina, por ese motivo no se permitía navegar por debajo del mismo. Esto me obligó a permanecer en una marina privada y, una vez llegados mis amigos, a tener que salir por el canal norte. Esto significó rodear toda la isla y, naturalmente, más horas de navegación, más hermosas horas de amistad y navegación.

Durante tres días sopló viento del S SE con intensidades de hasta 120 km/h. Esto me retuvo en puerto, pero a la vez me dió la esperanza de que se cumpliese el viejo adagio marino que indica que después del sur tan fuerte tiene que  venir  un norte duradero y constante.

Y así fue, con los dioses y el viento de nuestra parte zarpamos con rumbo a La Paloma y, cosa de no creer, ya que es muy inusual, se mantuvo durante los cinco días que duró la travesía, con un promedio de aproximadamente 6 nudos.

Como en el final de una película, en el que las escenas se suceden vertiginosamente, en octubre estuve de regreso en Rosario, aunque diría que el que llegó no era el mismo que partió. Era alguien más tranquilo, quizás más sabio y, por supuesto, más viejo.

He pretendido hacer una muy apretada síntesis de un viaje de maravillas que se prolongó durante nueve meses. Mi intención ha sido indicar los sitios de interés, las probables dificultades, cómo sortearlas y contagiar un poco a mis lectores el sabor salado y libre de la mar. Los increíbles personajes que conocí, las curiosidades de cada lugar en que recalé, las descripciones de sus bellezas y algunas cosas más, que han quedado en el tintero, serán motivo de posteriores artículos.


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